Victor Moreno

Victor Moreno

Ya no es necesario recurrir a la técnica del esperpento de Valle Inclán para dar cuenta de lo que ocurre. Los hechos vienen a nuestro encuentro sin necesidad de solicitarlos. Lo hacen de forma tan grotesca que solo nos queda actuar como los tomógrafos, pero con material palabrático. Escribir para cortar la realidad en pedacitos y comprobar si en su interior se registra vida inteligente o, por el contrario, rasgos de una imbecilidad cada vez más inquietantes.

2026-04-30

DIA DEL LIBRO CON CARÁCTER RETROACTIVO

Es habitual que, cuando llega el día del libro, hablen escritores, libreros, profesores, psicólogos, gente conocedora del asunto y, por tanto, capaces de aclarar al resto del mundo las maravillas que tienen los libros para quien tiene la dicha de cortejarlos.

De ahí que uno esperaba que el roce constante, aunque solo fuera tocarles el lomo, era más que suficiente para que algunos libros, transmitieran, si no la sabiduría contenida en ellos, al menos una legión de anticuerpos que librar a uno de hablar de ellos con tan poco acierto, echando mano del habitual lugar común. Pero, en fin, parece que este gremio, que es el mío, sigue refugiándose en esa red mística de la papelería, y que, acuciados por el periodista de turno, sueltan frases tras un estand, las cuales, suenan muy bien para colocar en una faja promocional, pero nada o muy poco que ver con el acto de leer. Y, a estas alturas, bien se merecen los libros unas palabras que
superen la consabida frase hecha o el tópico más rancio.

No es mi intención agotar la paciencia del lector trayendo a su consideración algunas de esas frases con la que me he tropezado leyendo algunas intervenciones de libreros y escritores ponderando los efectos, más que saludables, milagrosos de los libros.

Dedicaré mi comentario a dos tópicos.

Entendía que un lector asiduo estaría muy lejos de utilizar la consabida frase de que “la lectura deberían recomendarla los médicos, pues es un antídoto para muchos problemas”. Desde luego, quien así hablaba no confesaba de qué males en su vida se había visto liberado leyendo a este o a aquel autor. Pero, en fin, lejos de la clasificación de la lectura como una de las ramas específicas de la biblioterapia, parece que se ha dado un paso más, llegando así a una patologización del ocio, al menos en lo que respecta al que “consume” libros para llenarlo. Es inquietante la imagen de convertir a Cervantes o a Kafka en un ibuprofeno, lo que sería quitarles toda o parte de su capacidad de perturbación. A ver. Leer no es un "antídoto" que pueda curarte una alergia o un mal de tripas o de amores. Curiosamente, es, a menudo, el veneno que te despierta y aviva la lucidez. No sé, pero si la literatura fuera una medicina, cabría apuntar, por contrarréplica lógica, que muchos libros tendrían que venir con una advertencia de efectos secundarios: “Cuidado, este libro puede producir insomnio, crisis existenciales y pérdida total de la paciencia ante la estupidez ajena”. A fin de cuentas, si unos libros causan un bienestar asombroso, otros, quizás, hagan lo contrario.

El segundo comentario versa sobre la siguiente frase: “Abrir un libro es hoy resistir en un mundo que fomenta la multitarea y autoexplotación digital” Lo bueno que tiene esa defensa es que la resistencia que reivindica es muy confortable. No hace falta moverse del sofá. No es necesario salir a la calle a manifestarse contra esto y aquello que hace la gente se encuentre muy mal. Tiene coña marinera de secano el hecho de presentar el acto de leer -uno de los mayores placeres burgueses de la historia-, como un acto de "guerrilla" contra el algoritmo o como se diga. No sé por qué se buscan tantas metáforas inútiles al acto de leer, cuando dicho acto no solo no es necesariamente resistir, sino otra forma de ensimismamiento. Algún clásico, de los antiguos, quiero decir, sugería que la verdadera resistencia no está en el gesto de abrir un libro, sino en lo que haces con las ideas que encuentras dentro una vez que lo cierras. Como diría el otro: “¡Ahí te las quiero ver, Manolete!”

Y ahí estaría lo bonito del requiebro, que cada quien contara qué y cómo un libro lo convirtió en mejor persona, en más sabio y en un casi revolucionario, aunque haya tenido que leerlo en soporte digital, que podría ser, ¿no?

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